LAS IRAS COTIDIANAS.

LAS IRAS COTIDIANAS.

Pareciera ser que todos los días debiera haber algo que nos exponga a tener que superar el enojo, a administrar la ira, a contener al animal interior, ese primate que, antes de poder razonar, resolvía todo a los gruñidos, a los mordiscones, a los garrotazos.

Cuando, detenidos ante la luz roja del semáforo, vemos cómo vienen en horda con sus escurridores en ristre y la botella plástica de gaseosa con detergente y sin más, así como si nada, como si tuviesen ellos el derecho de decidir si queremos o no, nos tiran el chorro de detergente en el parabrisas y si, como es siempre mi caso, no tenemos monedas o sencillo (o dinero, directamente) encima, al decirlo, nos vemos expuestos a que el parabrisas quede manchado o a recibir un golpe en el auto con el mango del secador.

Y a uno le asalta la ira. Uno se enoja. Tiene ganas de bajar del auto y gritarle al tipo (máxime cuando son muchachotes que bien podrían trabajar en algo más productivo)… y la razón se impone, y sabemos que no podemos andar a los gritos y a los golpes y a las puteadas y a los enojos…

O como cuando uno contrata un plan de internet que no responde ni al 10% de lo prometido y pareciera que estamos en la época del dial up o los saldos duran menos de lo que prometen o que “ilimitado” significa “con límite a nuestro antojo” y cuando se pregunta el límite nos dejan sin respuestas o las tantas y cuantas situaciones que nos exponen al enojo, a explotar de ira, a perder la razón y volver a los orígenes bestiales de nuestros ancestros cuadrúpedos.

Uno de los tantos aprendizajes permanentes (esos que no tienen graduación ni conclusión ni nada) a los que me veo expuesto, es al manejo del enojo, al control de la ira.

Y cuando con la mayor calma eludo el conflicto, trato de perder la mirada en la lejanía de la nada, respiro hondo y cuento hasta mil, del otro lado, acostumbrados al animal irracional, te azuzan, te desafían, te siguen echando detergente en el parabrisas, te exigen respuestas inmediatas, te amenazan con sus iras, con sus enojos…

Creo que ya lo conté, pero me parece muy ilustrativo. Cierta vez en un súper, acercándome ya a la caja, una señora, apresurada, se me “coló” en la fila. La miré, simplemente, y sonreí. Sacando ya las cosas de su carrito, me miraba y yo seguía sonriendo. “¡Qué me mira, así! ¡Yo no lo vi en la cola!”, dijo la señora con voz, gesto y tono de enojo. “Yo no le dije nada, señora”, respondí. “¡Y usted se cree que soy tonta, que no me doy cuenta! ¡Con esa sonrisa…!” Pagó y se fue. Seguí sonriendo.

Pero hay veces que cuesta sonreír ¡y se nos quiere escapar el mono interior!

…889, 890, 891, 892…

Oscar Boubée 2014

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